Cáritas Córdoba, 15 de marzo de 2026.- El Evangelio de este IV Domingo de Cuaresma nos presenta el relato de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41), una escena que va más allá de un simple milagro y que invita a reflexionar sobre nuestra manera de mirar la realidad.
El hombre curado afirma con sencillez: “Fui, me lavé y empecé a ver”. Sin embargo, mientras él recupera la vista, quienes pensaban que “veían” permanecen en la oscuridad. El Evangelio recuerda que la verdadera ceguera no es la física, sino la de quienes se niegan a reconocer la verdad y a actuar ante el sufrimiento de los demás.
Jesús afirma: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Su luz nos invita a abrir los ojos ante tantas situaciones de pobreza y exclusión que muchas veces permanecen invisibles en nuestra sociedad.
La doctrina social de la Iglesia recuerda que la caridad es una fuerza transformadora. Benedicto XVI, en Caritas in Veritate, afirma que el amor es una fuerza extraordinaria que impulsa a las personas a comprometerse con valentía en la construcción de la justicia y la paz. Del mismo modo, el papa Francisco recuerda en Evangelii Gaudium que la opción por los pobres forma parte esencial de la misión de la Iglesia.
Los Padres de la Iglesia ya insistían en esta idea. San Ireneo de Lyon afirmaba que “la gloria de Dios es que el hombre viva”. Cuando la dignidad de las personas se ve apagada por la pobreza o la exclusión, también la gloria de Dios queda velada.
En nuestra vida cotidiana también podemos experimentar ese paso de la ceguera a la mirada comprometida. Personas que han participado en proyectos de Cáritas cuentan cómo su forma de ver la realidad ha cambiado. Lo que antes parecía lejano o invisible se convierte en un rostro concreto, en una historia, en un hermano que necesita apoyo.
Este Evangelio nos invita a preguntarnos si nuestra fe nos ayuda a abrir los ojos ante las injusticias o si, por comodidad, preferimos no verlas. Porque empezar a ver es también empezar a comprometernos.